viernes, 19 de noviembre de 2010

Mozart para Bebês - So Wonderful (The Magic Flute/ k 620) 3/9




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CUANDO MUERE UNA ESTRELLA









Justo antes de sentir morir una estrella se observa la imagen mas hermosa del universo un tremendo crepúsculo ilumina por unos segundos destruyendo así a un pobre sol moribundo y sus mares de lava construyen su ultimo verso, así es como lo cuentan las dulces leyendas. Eones esperando tal mar de fuego que sus propios gases se suiciden sus propias entrañas se extinguieran, terminara por acabar su agonía eterna, la tremenda tempestad que la calma sigue terminando con algo que se sentía viejo. Las pequeñas estrellas se marchitan lentamente su vida se convierte en un morir incesante estas estrellas nunca aparecen en las historias pues su poca pasión desmerece la gloria no tienen valor para explotar rutilantes admiremos aquellas que inmolan repentinamente. Por eso cuando sientas un enorme destello reza para que no te alcance su gemido, pues allí solo quedara un lugar oscuro, quedaran pequeñas partículas que en el futuro poco a poco irán tensando el gatillo y se extinguirán como lagrimas que caen al suelo.











Receta para hacer el azul

Si quieres hacer azul,

agarra un trozo de cielo y mételo en una olla grande,

que puedas llevar al fuego del horizonte;

después mezcla el azul con sobras de rojo

de la madrugada, hasta que se deshaga;

vacía todo en un bacín bien limpio,

para que no quede nada de las impurezas de la tarde.

Finalmente, criba los restos de oro de la arena

del mediodía, hasta que el color se adhiera al fondo de metal.

Si quieres, para que los colores no se desprendan

con el tiempo, deposita en el líquido un corazón de melocotón quemado.

Lo verás deshacerse, sin dejar señal de que alguna vez

allí lo pusiste; y ni el negro de la ceniza dejará restos de ocre

en la superficie dorada. Puedes, entonces, levantar el color

hasta la altura de los ojos, y compararlo con el azul auténtico.

Ambos colores te parecerán semejantes, sin que

puedas distinguir entre uno y otro.

Así lo hice – yo, Abraham ben Judá Ibn Haim,

iluminador de Loulé – y dejé la receta a quien quisiera,

algún día, imitar el cielo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Leve delicadeza



No sé. Abro el buzón. Llegan
aquellas cosas mal puestas
en una silla o sobre ella.
Aturdirme de letras,
vivir tardíamente dos pasos
lo justo para intransitar lo cotidiano.
Verme en el espejo: sí, otro día.
Sí, son varios. Sí, fueron muchos.
No sé. Llegar, doblar la ropa
otear la casa, el interior de la casa,
de soslayo, y a veces de frente
sin dejar de examinarme. Es eso.
Sí es eso. La felicidad no tiene temblores
ni arquea días. Es eso. Fíjate
qué cotidiano. Qué leve delicadeza
casi a solas.